Marina es mi nombre, también mi naturaleza

La psicología y el cuidado de las madres son partes fundamentales de mi vida.
Te cuento mi historia, y cómo mi experiencia puede ayudarte.
La historia de amor y sufrimiento, que me ha llevado a donde estoy hoy.

Los comienzos de mi conexión con la psicología
Decidí que quería ser psicóloga con 14 años.
No fue una decisión elaborada. Fue más bien una consecuencia de todo el torbellino emocional que me arrastraba en aquel momento.
Sentía “demasiado”.
Me costaba entender de dónde venía todo aquello.
Y, aunque seguramente había personas que podían haberme acompañado, yo no supe pedir ayuda.
Ahí apareció algo que todavía hoy sigue estando muy presente en mi forma de trabajar: la importancia de que alguien pueda sentarse contigo cuando tú aún no sabes ordenar lo que sientes.
Y fue ahí cuando me prometí acompañar a otras personas en su sufrimiento para que no tuvieran que sentirse tan solas.
Empecé trabajando en consulta con procesos muy distintos: ansiedad, depresión, autoestima, pareja…
Y poco a poco fui viendo algo que se repetía.
Muchas mujeres llegaban hablando de otra cosa, pero en algún momento aparecía la maternidad.
A veces era una frase pequeña, casi dicha de pasada:
“Desde que soy madre no soy la misma.”
“Pensaba que esto iba a ser diferente.”
“No sé si quiero volver a pasar por un embarazo.”
“Me duele pensar en mi parto.”
No siempre venían por eso.
Pero muchas veces ahí había una parte importante de su dolor.
Descubrí que otra forma de cuidar a las madres era posible
La psicología perinatal, o como a mi me gusta llamarlo, el cuidado de las madres, llegó a mi vida sin una gran historia detrás.
Vi un máster, algo me llamó la atención y empecé a formarme.
Y cuanto más aprendía, más se me caían muchas de las ideas que tenía hasta ese momento sobre la maternidad.
La maternidad no era solo esa imagen limpia, luminosa y agradecida que tantas veces se enseña.
También podía ser cuerpo, miedo, pérdida, rabia, deseo, culpa, vínculo, cansancio, contradicción y amor mezclado con cosas que nadie espera sentir.
Y eso me interesó mucho.
No desde la curiosidad fría de estudiar un tema, sino desde la sensación de que ahí había muchas mujeres quedándose demasiado solas porque desde fuera no se estaba nombrando lo que de verdad les pasaba a muchas madres.
Mis primeros vínculos de amor y cuidado
Mi primer vínculo de cuidado fue con 12 años, con mi peludo Trigo, que hoy me cuida desde el cielo.
Nunca olvidaré la primera noche que Trigo pasó en casa sin parar de llorar, y cómo sufría yo, con cada aullido.
Para calmarlo, encontré un juguete de mi hermano que simulaba los latidos del corazón, y me tumbé junto a él hasta que se quedó dormido
Su presencia en mi vida fue uno de los regalos más valiosos que jamás tendré, y soy más consciente de ello, desde que se marchó. Dejó un en mí un vacío enorme que nunca había experimentado.
Poco después de la pérdida de Trigo, casi como obra del destino, Tao apareció en mi vida.
Pensaba que nunca podría volver a querer tanto como había querido a Trigo, pero, como dice Extremoduro, “ama, ama y ensancha el alma”, y eso fue lo que ocurrió.
Tao llegó para expandir todo el amor, que había sentido hasta entonces y así transformarme.
Revivió en mí esa esencia de cuidado, protección y amor incondicional, esta vez de una manera más madura.
También de culpa, por sentir que estaba remplazando a Trigo.
La última en llegar fue Goa, la adopté tras perder a mi hermana Selva por suicidio.
Pensé que dedicar mi tiempo a cuidar de otro ser me ayudaría en este proceso tan doloroso. Y no me equivocaba, aunque no fue todo luz.
Su vida no fue nada fácil, llegó a casa llena de traumas y miedos, y su sufrimiento en ocasiones hacía rebosar el mío.
Pero cada pequeño paso, cada avance hacia su bienestar, también fue una cura para mí, un punto de esperanza en un futuro que hasta entonces veía negro.
¡Qué experiencia tan intensa e inmensa!
Con ellos empecé a ser consciente de la responsabilidad, el amor, las dudas y el miedo que implica que un ser dependa totalmente de ti.
Mi nacimiento como madre
La última en llegar fue mi hija, Río.
Y aun habiendo leído, estudiado y acompañado mucho, vivirlo desde dentro fue otra cosa.
La maternidad no te pregunta si estás preparada de una forma ordenada.
Llega, se instala y empieza a moverlo todo.
En mi caso, llegó además en un momento muy complejo.
Seis meses antes había perdido a mi hermana por suicidio.
Así que mi maternidad empezó con dos cosas ocurriendo a la vez: una vida que llegaba y otra que se acababa de ir.
Todo cabía en mi posparto: lágrimas y risas.
Días de mirar a mi hija y pensar en todo lo que mi hermana no iba a ver.
Días de sentir gratitud por todo lo que yo sí estaba viviendo.
Esa mezcla me enseñó algo que ahora veo mucho en consulta:
Que las emociones que acompañan a las cosas importantes que nos ocurren en la vida casi nunca vienen solas ni bien colocadas.
Maternar es desertar del tiempo del capital y rendirse, en el mejor sentido de la palabra, al tiempo de la naturaleza. Vivimos en la tiranía del tiempo lineal, un tiempo que exige ir siempre hacia adelante y ligado al sistema de producción. La maternidad nos devuelve al crono circular, al tiempo del cuidado, que es el tiempo del hambre, el tiempo del sueño, el tiempo de la repetición que garantiza y que sostiene la vida.
Sofía Brotons

LA MADRESELVA
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